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| A modo de motivación para el aprendizaje en la vejez II |
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El aprendizaje implícito |
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Gran parte de nuestros aprendizajes –si no la mayoría- son implícitos. Aprendemos sin proponernos aprender en un sinfín de situaciones cotidianas; recíprocamente, el medio "enseña" de manera no deliberada. El contexto social en que vivimos se nos torna educativo, precisamente, por nuestra capacidad de aprendizaje.
Esta trama de aprendizajes implícitos proporciona teorías implícitas que, aunque resultan muy difíciles de verbalizar, influyen poderosamente en nuestra orientación en la vida. En tanto nuestras teorías permanezcan implícitas, estaremos condenados a interpretar el mundo a través de ellas.
Precisamente, el esfuerzo deliberado de poner en palabras la forma de ver el mundo, de explicitar esas teorías que influyen poderosamente en la manera de relacionarnos con los otros y de aprender en muy diversos dominios, nos libera de la repetición.
De las muchas cosas que aprendemos de manera implícita, una la constituye la modalidad de aprender; modalidad que nos ha sido heredada (transmitida inconscientemente) y que solo podremos legar a través de un trabajo de toma de conciencia, de simbolización. Por ello, por lo común, nuestra actitud hacia el mundo y sus objetos de conocimiento es pasiva y heterónoma. Esta situación puede verse agravada en la vejez debido a los múltiples cambios que se registran en el cuerpo, en lo social, etc. y las pérdidas que esto conlleva.
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Otro aprendizaje implícito está conformado por la concepción intuitiva acerca de qué es y cómo aprendemos los humanos; de qué es y cómo funciona la memoria, particularmente, en ambos casos, en el envejecimiento y la vejez.
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La apropiación del saber |
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Consiste en un proceso, siempre inacabado, de toma de conciencia del saber dominante en la sociedad que equipara realidad con lo real, que se presenta como la única lectura posible de lo que aparece como dado: lo social.
Habla de la toma de conciencia de los mecanismos por los cuales los humanos nos con-formamos a las instituciones, ya instituidas, que nos acogen al nacer. Toma de conciencia del interjuego de los mecanismos y procesos desplegados por la sociedad y por los individuos.
De allí el valor de la educación, como proceso de funciones antitéticas, tendiente, en una gama de posibilidades, a producir individuos heterónomos o a colaborar en la construcción de su autonomía.
Tengamos en cuenta que si bien es cierto que los adultos mayores de nuestra sociedad costarricense en una gran medida tienen bajos niveles de educación formal, su educación implícita es lo suficientemente rica como para que se constituya en un catalizador de procesos de aprendizaje nuevos, para nuevas experiencias educativas. Lo cual genera una mayor motivación para la vida.
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“Por una mejor, completa y permanente educación en la adultez mayor” |
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