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La perdida de la memoria es un síntoma característico, aunque no todos los tipos de memoria están afectados de la misma manera. Se entiende por memoria a la capacidad de aprender, almacenar y recuperar información y cualquier tipo de experiencia; incluye, por lo tanto la capacidad de recordar sucesos concretos, conocimiento y adquisición de habilidades.
La memoria puede verse afectada por una serie de procesos y enfermedades cerebrales, pero como está formada por diferentes redes neuronales, es frecuente que unos procesos estén afectados mientras que otros permanezcan relativamente intactos.
La memoria a corto plazo y memoria a largo plazo son términos que se refieren a las memorias almacenadas en las últimas horas, días, semanas e incluso meses, y la segunda, a memorias tan lejanas como la niñez. La efectividad del sistema depende también de la facilidad con que la información puede recuperarse; esto se refiere a cómo recordar, lo cual puede hacerse a través de evocación, que implica un proceso activo y complejo de búsqueda. Recobrar información por reconocimiento es mucho más fácil que por evocación. Esto muestra que en gran medida la memoria y sus diferentes maneras de investigarla, es compleja. A esto se le suma que el pensamiento complejiza mucho más su investigación pues éste ya implica el razonamiento y juicio, así como las funciones ejecutivas.
Algunas investigaciones han demostrado que la afectación aislada de la memoria episódica reciente es el déficit neuropsicológico más precoz en la Enfermedad de Alzheimer. Y dado que el funcionamiento de este subsistema de memoria requiere la integridad de la formación hipocámpica -universalmente afectada en la EA- , no resulta extraño que se emplee la observación del hipocampo gracias a técnicas de neuroimagen como un marcador biológico de la enfermedad.
En cambio, la alteración inicial que presenta la memoria semántica en la EA no es tan intensa como la episódica. Puede ser valorada solicitando al paciente que nombre objetos de su alrededor o que genere una lista de palabras siguiendo una categoría fonética o semántica.
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Es importante enfatizar sobre la importancia de las estructuras cerebrales en la conformación de la memoria. La relación de estas estructuras con la memoria se basa en la información obtenida de pruebas experimentales en animales, estudios neuropatológicos o neurorradiológicos de patología humana, o técnicas más recientes como la tomografía por emisión de positrones. El concepto de sistema límbico fue establecido por James Papez en 1937. Está constituido por una serie de estructuras corticosubcorticales que comprenden: hipocampo, fórnix, cuerpos mamilares, tracto mamilotalámico, núcleos anteriores y dorso medial del tálamo, girus cingulado y cíngulo, así como amígdala y corteza cerebral, en especial la de los lóbulos frontales. Este sistema presenta numerosas conexiones entre sus componentes y con áreas de asociación de los 4 lóbulos cerebrales, estando implicado en la integración de múltiples aspectos de nuestra experiencia sensitiva, control autonómico, emotividad y memoria (15, 16).
De gran interés son las conexiones del complejo hipocampal con la corteza cerebral. Existen vías aferentes que, procedentes del neocórtex frontal, parietal y occipital (áreas asociativas visuales, auditivas y somatosensitivas), llegan a la corteza entorrinal y de aquí los impulsos alcanzan las neuronas del hipocampo. También el hipocampo recibe aferencias del septo medial, núcleo de la cintilla diagonal, núcleo basal de Meynert, hipotálamo y núcleos específicos mesencefálicos. A su vez, el complejo hipocampal manda vías eferentes al hipotálamo (tubérculo mamilar), septo lateral, corteza prefrontal y tubérculo olfatorio, existiendo otras salidas hacia la amígdala, corteza entorrinal y temporal medio, así como a neocórtex parietal y occipital.
De todas estas aferencias y eferencias se deriva la gran riqueza de comunicaciones entre áreas muy distintas de la corteza cerebral y el sistema límbico, lo que traduce su alta complejidad funcional.
De las enfermedades humana hemos aprendido que los distintos procesos patológicos rara vez originan lesiones anatómicas tan selectivas que permitan adscribir funciones cognitivas a estructuras cerebrales aisladas. Sin embargo, y hasta donde llegan nuestros conocimientos, podemos afirmar que algunas estructuras cerebrales estarían más relacionadas que otras con determinadas secuencias del proceso de memoria.
En general, se puede decir con certeza que existen cambios en el cerebro conforme envejecemos. Estos cambios son fundamentalmente funcionales, como por ejemplo el enlentecimiento de las conexiones inter-neurales que se expresa en un enlentecimiento sensorio-motor, que puede repercutir, a su vez, en el rendimiento de tests que evalúan la inteligencia fluida (innata) y en el rendimiento de la memoria de hechos recientes. Estos cambios se producen de forma desigual y no afectan en su conjunto al funcionamiento general de nuestro cerebro (salvo que estén asociados a una patología), ya que existen mecanismos compensatorios que permiten una adaptación a estos cambios, incluso mejorando algunas facetas del funcionamiento cognitivo. Por todo ello, es muy importante establecer una clara delimitación entre los cambios cognitivos que se producen de forma normal con los que se producen por causa patológica, y ésta es una tarea no exenta de dificultades, ya que, como señalan muchos autores, existen esencialmente diferencias cuantitativas entre el declive y el deterioro cognitivo, pero no cualitativas (Fernández-Ballesteros y otros, 1999).
La zona de transición parietooccipitotemporal y el neocórtex frontal medio y anterior se relacionan con la memoria a corto plazo o de trabajo y también con las redes de almacenaje de la memoria a largo plazo. El complejo hipocampo-corteza entorrinal-núcleo amigdalino está implicado en el proceso de consolidación y codificación de la memoria a largo plazo, mientras que el complejo formado por el tubérculo mamilar y el núcleo dorsomedial del tálamo intervendrían en la codificación y consolidación de la información. El núcleo dorsomedial del tálamo podría tener relación con el proceso de recuperación de la memoria a largo plazo. Otros autores creen que la extracción de la información almacenada a largo plazo depende sobre todo de las áreas prefrontales.
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